La senescencia o envejecimiento biológico es un proceso natural común a todos los organismos vivos. En él se ponen en marcha todos los mecanismos que desencadenarán, finalmente, la muerte del individuo. 

En los seres humanos por ejemplo, se producen toda una serie de fenómenos claramente identificables como puede ser: un aumento de la muerte celular en ciertas áreas del cerebro o la aparición de niveles bajos de ciertos neurotransmisores importantes como la dopamina y la serotonina; lo que se traduce, entre otras cosas, en una disminución del rendimiento en las tareas diarias.

Para poder conocer un poco mejor cómo se desarrolla este proceso en animales sociales, un grupo de científicos ha llevado a cabo una investigación en hormigas obreras de la especie norteamericana Pheidole dentata. 

El estudio arroja resultados asombrosos e inesperados, además de abrir numerosas incógnitas. Los trabajos han sido llevados a cabo por investigadores de la Universidad de Boston y publicados recientemente por The Royal Society. En ellos, se planteaban varias hipótesis relacionadas con el envejecimiento y sus efectos en el comportamiento de estos insectos.

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El objetivo era comprobar cómo las interacciones sociales configuran el comportamiento y la neurobiología de los individuos. Para ello, analizaron durante dos años las pautas de conducta de obreras de la especie P. dentanta en relación con el desarrollo de tareas cotidianas como el cuidado de las larvas, la capacidad para seguir las marcas de feromonas para recolectar cooperativamente alimentos o la eliminación de individuos muertos. 

Hay que decir que las hormigas de esta especie tienen una vida media de unos 140 días en laboratorio. Se dividió a los sujetos de estudio en cuatro franjas de edad: de 20 a 22 días, de 45 a 47, de 95 a 97 y de 120 a 122 días. Con ello se pretendía comparar la forma de llevar a cabo las citadas tareas en función de dichas franjas de edad.

Los investigadores esperaban que el comportamiento de las hormigas se volviera cada vez más eficaz, a medida que pasaban de sus estadios juveniles a los adultos, con un pico máximo de rendimiento, seguido de un declive coincidente con la vejez de los ejemplares. Algo parecido a lo que nos pasa a los seres humanos cuando nos hacemos mayores, con pérdidas auditivas, de vista, de memoria y de coordinación motriz. Sin embargo, las hormigas no mostraron signos de envejecimiento, jóvenes y viejas desarrollaban por igual las mismas funciones, incluso algunas de ellas, como la habilidad para seguir las marcas de feromonas, mejoraron con la edad. En los posteriores análisis, sus ganglios cerebroides no presentaron mayor apoptosis o muerte celular en comportamientos especializados; ni tampoco una disminución en la densidad sináptica entre neuronas. Además, los niveles de serotonina y dopamina aumentaron en los ejemplares de mayor edad. Los insectos mantuvieron las funciones nerviosas que intervienen en el olfato y la coordinación motora independientemente a su edad, mostrándose incluso más activos a medida que iban envejeciendo.

¿Cómo es posible este fenómeno? De momento los autores no tienen una respuesta concreta. Plantean que quizás la avanzada organización de las hormigas hace que sus “cerebros” sean más eficientes y resilientes, aunque también pueden intervenir otros factores. Tampoco se tiene explicación todavía sobre cómo se produce la muerte natural en estos insectos sociales, en individuos que se encuentran en plena forma. La existencia de estos animales eternamente jóvenes, aunque no inmortales, abre un amplio campo para la investigación, que puede ayudar también a comprender cómo se produce el envejecimiento en humanos y la consecuente aparición de desórdenes neurodegenerativos como el Alzheimer o el Parkinson.

Una muestra más de las cualidades asombrosas de las hormigas, que los han convertido en exitosos insectos, capaces de poner a prueba a cualquier empresa de control de plagas.

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Publicado: 10 de Marzo de 2016